EL EGOISMO – DEDICADO A LOS AMIGOS EGOISTAS

EL EGOISMO

LA IMPORTANCIA DE LOS MOTIVOS QUE DESCONOCEMOS

DEDICADO A  LOS  EGOISTAS

 

Quizá, después de todo, el Chano tenía razón y no había que llamarlo egoísmo. Al fin y al cabo el egoísmo es un adjetivo inventado para juzgar acciones, y de lo que yo quería hablar no es de acciones sino de motivaciones, del nivel inmediatamente inferior, de los mecanismos que nos llevan a emprender caminos que sólo después otros juzgarán como egoístas o abnegados. Quizá debería haber hecho desde el principio como Hobbes y llamarlo "amor o interés propio". Después de todo a nadie le gusta que le llamen egoísta, que le insulten. Así pues, olvidaremos de ahora en adelante tan funesto término, raíz de todos los problemas de la humanidad junto con la aparición de la minifalda.

Con las cosas claras, lo repetiré una vez más: todo el mundo actúa en interés propio y con la búsqueda de la propia felicidad como brújula en cada cruce de caminos. Esa es la única motivación que conozco a la hora de tomar decisiones. Si alguien conoce otra, estaré encantado de considerarla.

Empecemos fuerte, con Angola, el país de moda. Tomemos tres personas: una decide colaborar en un centro de asistencia a toxicómanos de su localidad, otro se va a Angola a repartir comida entre los niños y el tercero se marcha a Sierra Leona (doce disparos de fusil de asalto por minuto) a curar leprosos. Decir que justifico el egoísmo es como decir que el buen hombre de Sierra Leona es el más altruista de los tres porque es el que más se juega el tipo. Que sí, que sí, que el que ayuda a los toxicómanos sin salir de casa es un pringado. Oiga, las matemáticas de la abnegación no engañan.

Establecer competiciones de altruismo no tiene ningún sentido, como tampoco las tiene juzgar el egoísmo en cualquiera de los grados que se le quiera otorgar. La mente de las personas pertenece a un territorio al que no tenemos acceso. Conocemos las acciones de los demás, pero no conocemos los motivos que les empujan a emprender esas acciones. En semejantes circunstancias, atreverse a juzgar los actos de los demás es algo sólo al alcance del ser humano.

Casi todo el mundo vio el cabezazo de Zidane en la final del mundial. Se puede decir que es una lástima que terminara su carrera con semejante broche, pero no se puede condenar ni justificar la acción porque nos falta una pieza clave: lo que le llevó a hacerlo, sus motivaciones. Por mucho que un periódico británico publique en portada que el jugador italiano le dijo tal y cual, lo único cierto es que nunca sabremos lo que pasó por la cabeza pelada de Zidane y cuáles fueron los motivos que le llevaron a tomar la decisión que vimos. La acción puede ser juzgada como reprochable o incluso aplaudible (a todos nos gusta juzgar y lo hacemos muy alegremente), pero lo único que me atrevería a decir es que el francés tomó la decisión que en ese momento le hizo más feliz. A saber qué le haría y diría el italiano durante el partido para que la satisfacción de darle un cabezazo en el pecho compensara la frustración de dejar el mundial por la puerta de atrás. Yo no estoy celebrando ni censurando la acción, sólo digo que en algún punto la gloria del mundial dejó de ser tan atractiva como la posibilidad de hundirle los cuernos en el costillar al italiano. Lo que pasa por la cabeza de la gente es, de momento, patrimonio exclusivo de ellos mismos.

Por eso, cuando hablo de que alguien se marcha a Angola a dar de comer a niños hambrientos, no estoy juzgando la acción, ya que todos estamos de acuerdo en que es una demostración de altruismo y abnegación, simplemente digo que esa persona ha tomado en ese momento, y entre todas las posibilidades disponibles, la que más feliz le hacía. Los motivos por los que alguien decide marcharse a Angola se me antojan infinitos: puedes estar buscando un lugar de primera fila en el cielo, a la derecha del señor, si eres cristiano; o puede que simplemente estés huyendo de la bruja de tu mujer, a la que ya no soportas después de quince años y dos hijos que no son tuyos. La acción puede parecer altruista, pero las motivaciones que la soportan pueden albergar diferentes grados de algo que podríamos alegremente llamar egoísmo. Así pues, no se puede dividir el mundo en personas altruistas y egoístas, sino que lo que etiquetamos son acciones fruto de unos intereses personales que jamás conoceremos.

Recapitulando: las decisiones tienen consecuencias, y las consecuencias de nuestras acciones son etiquetadas como favorables al progreso del mundo o sencillamente un lastre para la evolución de la raza. La manera en que uno toma decisiones se encuentra bien definida (el amor propio), mientras que el reparto de etiquetas se hace en función del cristal con que se mira. Ahí es cuando entran en juego los conceptos del bien y el mal, de lo que es bueno y lo que es malo. Esto también tiene mucha chicha.

Al contrario que con el cero, el bien o el mal absoluto no existen. Cualquiera que haya estudiado filosofía en el colegio o que vea un par de telediarios al día es consciente de este problema. Por ejemplo, es posible que Ghandi y el descuartizador de Milwaukee tengan ideas bastante dispares acerca del concepto de "bueno", lo cual nos impide ponerlos de acuerdo en numerosas materias.

De la misma manera en que lo bueno es completamente subjetivo, lo malo no se queda atrás. Para un joven alemán, quedar por internet con un desconocido para cortarle el nabo y comérselo delante de una cámara puede ser una experiencia "buena". Yo por mi parte prefiero quedarme en casa, pero lo que es cierto es que nadie hará jamás algo que considere malo para sí mismo dentro de su percepción de lo que es malo.

Si tengo que tomar una decisión, ¿por qué habría de tomar la que me hiciera sufrir? ¿Qué clase de animal, ni siquiera inteligente, se comportaría de ese modo? Si mi decisión implica el sufrimiento de otras personas, entonces lo que estaré haciendo, aunque sea de manera inconsciente, serán "matemáticas emocionales": haré sufrir a los demás en la medida en que sea capaz de soportarlo; en el momento en que el sufrimiento de otros sea una carga más pesada que el mío propio, entonces trataré de invertir la situación. Según este razonamiento, Ghandi será más propenso a tomar decisiones en las que minimice los daños colaterales, mientras que probablemente el carnívoro-vegetariano teutón tenga el dolor de sus semejantes en otro orden de estima, probablemente metido en un congelador con alguna cosa más. Los resultados de las decisiones serán diferentes en función de la persona, pero el mecanismo de decisión será siempre el mismo. Y eso es lo verdaderamente interesante.

Dije que las veces en las que más fuertemente he sentido la amistad y el amor pude darme cuenta de que estaba rebosando sensaciones de mi propia felicidad. Añado ahora que las veces en las que más duro he sido con los demás han sido aquellas en las que la frustración y los complejos me comían por dentro. Sólo cuando uno está lleno de felicidad es capaz de transmitirla. Por el contrario, cuando uno está lleno de amargura, hacer felices a los demás se convierte en la última de las prioridades. De hecho, en semejantes circunstancias, solemos procurar asegurarnos de que los demás son tan miserables como nosotros, y sólo en esta mezquindad encontramos consuelo. "Sí, estoy metido en la mierda, pero mi vecino más, y eso me hace sentirme mucho mejor". Una reflexión especialmente española, añadiría yo.

Por eso no me resulta tan descabellado pensar que la felicidad de la humanidad comienza por la felicidad del individuo. Sólo cuando uno es feliz se encuentra en posición de contagiar a los demás. Si uno se siente desgraciado y podrido por dentro, lo único que procurará es que los demás traguen un poco de esa misma mierda.

No opino que el ser humano sea una rata mezquina acechando en las esquinas, pero desde luego el hombre es un lobo para el hombre. En un mundo en el que a los soldados en el frente se les suministra bromuro como si se les estuviera tratando de una enfermedad, hay que tomar al ser humano en su justa medida. Maravilloso, sí, pero con sus limitaciones. Sólo si reconocemos nuestras limitaciones podremos aprender a manejarlas. Si no somos conscientes de ellas, si simplemente cerramos los ojos, seguiremos persiguiéndonos la cola hasta caer exhaustos.

Por supuesto, todo esto sólo son las elucubraciones de una mente enferma y egoísta. Si alguien tiene otra explicación para comprender por qué el ser humano actúa como lo hace, escucharé con sumo detenimiento.

NO ES DE MI AUTORIA

LO HE COPIADO TEXTUALMENTE

SUSANA

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